14 noviembre 2006

Experiencias Inolvidables IX


Hace una década atrás cuando yo era un universitario de pelo largo con aro y comenzaba a dejarme barba tuve la oportunidad de conocer las espectaculares Torres del Paine. Un compañero de la UVM era de Punta Arenas y me invito a pasar las vacaciones a su ciudad natal. Para juntar algo de plata tuvimos que trabajar. Mi compañero tenía un auto americano de esos tipo lanchones que había usado anteriormente para llevar algunos turistas de transatlánticos que hacían un city tour. En este caso nos volvimos a presentar, esta vez conmigo como guía (considerando inglés y alemán para los tours). Nos dijeron que nos iban a llamar y justamente en un par de días nos salió nuestra primera asignación. Eran unos turistas suizos que venían en un crucero. Lo mejor de todo es que yo era primera vez que iba a Punta Arenas, no conocía nada y tenía que aprenderme el discurso. Para eso tomé una turistel, leí acerca de la ciudad y los puntos de interés, lo traduje al alemán.. y lo recité un par de veces para aprenderlo.

Cuando llegaron los pasajeros el tour salió super bien, tanto que nos dieron hasta una propina bastante buena. Así juntamos las monedas, coordinamos con las otras personas que íbamos a ir quién compraba qué, y quién se llevaba qué… algo vital. Compramos pasajes y nos fuimos a Puerto Natales, una ciudad de 18 mil habitantes. Ahí aprovechamos de buscar alojamiento barato por una noche, algunas cosas para comer y vitrinear. Al otro día salimos rumbo al Parque Nacional Torres del Paine, que está como a 115 km. de Natales. El Parque se ubica entre el macizo de la Cordillera de Los Andes y la Estepa Patagónica, en la provincia de Ultima Esperanza, comuna de Torres del Paine y tiene una extensión de 181.000 hectáreas, algo así como el patio de la casa de campo. Si bien el Parque está abierto todo el año la mejor época obviamente es en antes y después de verano, de octubre a abril, de modo de poder disfrutar unas 16 hrs de luz.

Cuando llegamos al Parque había que pagar una entrada (hace una década atrás era como la mitad de lo que cuesta ahora)… lo anecdótico fue que no teníamos muy considerado este pago, terminamos juntando las monedas para pagar la entrada de todos. Una vez hecho el trámite empezamos el trekking con las mochilas de campamento en dirección a la zona de camping, que estaba como a 2 km de distancia. Nos hicimos los valientes pero a mitad de camino ya estábamos en condiciones paupérrimas… destruidos y super cansados, el peso de las mochilas era demasiado. De hechos nos íbamos a quedar como una semana… imagínense la cantidad de copete que había que llevar, cigarros, un baloncito de gas.. etc. Además, el camino era como de dunas, por lo que el caminar se hacía mucho más lento y dificultoso. Tanto es así que sólo dos se atrevieron a seguir caminando el resto espero que pasara una camioneta, pagamos un par de lucas y nos llevaron hasta la zona de camping. Armamos la carpa.. distribuimos cosas, preparamos para comer… y a descansar.

Al rato el clima se empezó a poner feo… y ya era de noche.. así que nos metimos a la carpa. Lo que no habíamos calculado era que la carpa no era resistente a la lluvia… así nos empezamos a mojar como diuca! Salimos a ver entre las cosas y encontramos unas bolsas de basura que usamos para cubrir el ‘techo’ de la carpa y no mojarnos más y dejando las mochilongas en la base de los árboles para que se mojaran menos. Aparte que con el ruido de la lluvia uno no se podía quedar dormido, el frío y lo duro del piso hacían la primera noche de durma una experiencia no muy acogedora. Al otro día los pajaritos cantan.. el sol salió un poco y ahí ya empezó el carrete, sus puchitos, vamos tomando su vinito y sus wenos fideos con salsa de tomate… jajaj la típica del ahorro. Ahí escuchando música…, dando jugo, rayando la papa y hablando puras leseras transcurrían los días… las noches compartiendo olores y ruidos … jeje por ahí salíamos de trekking y a recorrer algunos senderos.

Ver las torres y los cuernos es una de las pocas cosas naturales que me han emocionado. Son realmente increíbles, te hacen sentir lo insignificante que somos… lo grandiosa que es la naturaleza, y la suerte que tenemos de tener esa maravilla en nuestro país. Es una sensación que se siente pocas veces en la vida. Finalmente nos dimos cuenta que nos estaba sobrando cerca de la mitad de los copetes que nos habíamos llevado, así que cuando ya nos estábamos yendo, un grupo de chicas jóvenes venía llegando y en un gesto magno de mucha solidaridad les regalamos el copete sobrante… obviamente que ellas quedaron super felices!!

Así que ya sé que la próxima vez que vaya… en vez de llevar carpa… me iré a quedar en el Explora… claro.. ella la pudiente!
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